Enrique el Mellizo – en el cielo

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Francisco Antonio Enrique Jiménez Fernández, conocido como Enrique el Mellizo fue un cantaor flamenco nacido en Cádiz el 1 de diciembre de 1848 y fallecido en Sevilla el 30 de mayo de 1906. Sin apenas salir de su Cádiz natal, su fama de buen cantaor pronto se extendió por toda Andalucía. En las raras ocasiones que cantaba en público lo hacia, casi siempre, en la capital gaditana, en los cafés cantantes de La Jardinera, el del Perejil, local que solo durante el verano programaba estas actividades, y en el de La Filipina, con lo que se ayudaba económicamente del escaso salario que ganaba en el matadero gaditano ejerciendo el oficio de matarife aprendido junto a su padre. Pero cano siempre ocurre con los grandes artistas, su fama iba por delante de él, difundida por cuantos le habían escuchado cantar. Aquejado seguramente de alguna enfermedad depresiva, ésta se manifestaba en frecuentes y terribles crisis anímicas que le hacia aislarse de los demás y frecuentar las iglesias, donde pasaba interminables horas escuchando los cánticos religiosos en las misas o la música sacra interpretadas por los organistas, o paseando solo a lo largo de la muralla. Con esta introvertida y extraña conducta se ganó una merecida fama de hombre raro, solitario y huraño que rehuía en determinados momentos, el contacto con la gente de su entorno. Considerado cano un gran maestro, El Mellizo dejó en cuantos cantes interpretaba, que eran prácticamente todos, una huella personal e imborrable de artista consumado que tantos cantaores siguieron después, entre los que su contaba Fosforito el Viejo, que lo llamó su mentor, afirmando que de él había aprendido todo cuanto sabia. Enrique El Mellizo tenía, pese a no haber estudiado música, un sentido musical extraordinario, por el que su le ha comparado con frecuencia a Chopín por la belleza de su cante, semejante pera muchos a las maravillosas piezas clásicas de los grandes nuestros. Aunque creó o recreó otros cantes, fue su malagueña personal la que le daría verdadero nombre, considerándosela unánimemente de una belleza comparable a la de los mejores creadores de este cante. El padre de Manolo Caracol contaba de él entre otras cosas: “A veces, a medianoche, el solo, se iba a la tapia de Capuchinos y se ponía allí a cantarle a los locos; otras veces tiraba “pa” la muralla y hacia un cante que le ponía los pelos de punta al más calvo del mundo. Y cuando se ponía así ya le podías dar todos los dineros del mundo, que no te cantaba: prefería irse él solo a cantarle a los pobres locos o a cantarle al agua. Debía su apodo a que su padre era mellizo por lo comenzó a conocérsele como Enrique el hijo del Mellizo. Compaginaba su actividad musical y las actuaciones en los cafés cantantes de Cádiz con su profesión de puntillero y matarife en el matadero gaditano. Sus cantes eran de enorme belleza según el testimonio de los que lo escucharon, pues carecemos de grabaciones. Se cuenta que el gran cantaor Manuel Torre lloró la primera vez que lo oyó cantar. Tuvo un amplio repertorio destacando sus interpretaciones de malagueñas. Engrandeció algunos estilos como las alegrías, la saeta por siguiriyas o los tientos. Fue también el creador del cante por soleares gaditano. Falleció a los 58 años como consecuencia de una tuberculosis pulmonar. Modernamente se le considera uno de los artistas principales de la llamada Edad de Oro del flamenco.

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